
Del latín «en medio de las tierras», el Mediterráneo evoca la Antigüedad clásica, las contaminaciones y los cielos azules sobre los que proyectar un deseo: el de conseguir captar los rasgos de una identidad común. Si la mirada del historiador parece desmentir la idea de mediterraneidad, son las Musas las que se sienten atraídas por ella. La vena melancólica y reflexiva de los cantos evocada por el músico turco Zülfü Livaneli, la proverbial convivialidad y la celebración del tiempo libre alabadas por Matteo Nucci son observadas con una mezcla de fascinación y desaprobación por los países de matriz protestante. La nobleza del perfil griego del homo mediterraneus puede convertirse en un instante en caricatura despectiva, sinónimo de laxitud y atraso cultural. Sea como sea que se quiera definir, el Mediterráneo aparece en crisis: desatendido por la Unión Europea, que mira las costas norteafricanas y levantinas solo como amenaza y recurso energético, es el cruce de una de las mayores migraciones de la historia. Mientras cada año cientos de millones de veraneantes se agolpan hacia sus playas, cientos de miles de personas afrontan un dramático viaje en sentido contrario para huir de guerras, persecuciones y pobreza. La ruta líquida, como la llamaba Homero, está cada vez más militarizada, congestionada y contaminada, además de sobrecalentada y sobreexplotada pesqueramente. Vista desde las costas norteafricanas, más que un Mare nostrum parece un muro que divide el mundo árabe del europeo, fuente de división y no de encuentro de culturas. Sería más sensato alabar su variedad que buscar una identidad común fugitiva, pero quizá la mediterraneidad no sea otra cosa que un sentimiento y, como tal, no quiere escuchar razones. A pesar de todo sigue siendo fascinante, reconfortante y consoladora. En sus costas la modernidad no arraiga del todo, el tiempo transcurre de otra manera y los pueblos se hablan más que en otros lugares. ¿Y si el homo mediterraneus estuviera aún por venir?
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Del latín «en medio de las tierras», el Mediterráneo evoca la Antigüedad clásica, las contaminaciones y los cielos azules sobre los que proyectar un deseo: el de conseguir captar los rasgos de una identidad común. Si la mirada del historiador parece desmentir la idea de mediterraneidad, son las Musas las que se sienten atraídas por ella. La vena melancólica y reflexiva de los cantos evocada por el músico turco Zülfü Livaneli, la proverbial convivialidad y la celebración del tiempo libre alabadas por Matteo Nucci son observadas con una mezcla de fascinación y desaprobación por los países de matriz protestante. La nobleza del perfil griego del homo mediterraneus puede convertirse en un instante en caricatura despectiva, sinónimo de laxitud y atraso cultural. Sea como sea que se quiera definir, el Mediterráneo aparece en crisis: desatendido por la Unión Europea, que mira las costas norteafricanas y levantinas solo como amenaza y recurso energético, es el cruce de una de las mayores migraciones de la historia. Mientras cada año cientos de millones de veraneantes se agolpan hacia sus playas, cientos de miles de personas afrontan un dramático viaje en sentido contrario para huir de guerras, persecuciones y pobreza. La ruta líquida, como la llamaba Homero, está cada vez más militarizada, congestionada y contaminada, además de sobrecalentada y sobreexplotada pesqueramente. Vista desde las costas norteafricanas, más que un Mare nostrum parece un muro que divide el mundo árabe del europeo, fuente de división y no de encuentro de culturas. Sería más sensato alabar su variedad que buscar una identidad común fugitiva, pero quizá la mediterraneidad no sea otra cosa que un sentimiento y, como tal, no quiere escuchar razones. A pesar de todo sigue siendo fascinante, reconfortante y consoladora. En sus costas la modernidad no arraiga del todo, el tiempo transcurre de otra manera y los pueblos se hablan más que en otros lugares. ¿Y si el homo mediterraneus estuviera aún por venir?
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